lunes, 13 de mayo de 2019

Generación Valladolid



El próximo sábado 1 de junio la Feria del Libro de Valladolid acogerá la charla que bajo el epígrafe Generación Valladolid disertará acerca de la nueva diversidad literaria en la ciudad.

La charla, organizada por la Asociación Cultural Eclipse, estará moderada por la directora de la Gaceta de Castilla y León, Esther Duque, y reunirá a los escritores Juan Martín Salamanca, David Acebes, Dioni Arroyo, Miguel Asensio y Jorge David Alonso Curiel.

Será el escenario de la Sala Fernando Urdiales del Teatro Zorrilla el que acoja este evento enmarcado en la Feria del Libro vallisoletana a partir de las 12.00 horas.

miércoles, 27 de febrero de 2019

'Me llaman Big', de Víctor Vegas

Imagen cedida por Huso Editorial
El escritor venezolano Víctor Vegas presentará el próximo 12 de marzo en Valladolid 'Me llaman Big', novela que aborda distintos conflictos recientes desde la perspectiva del mimo Zbigniew Czajka, o Big.

Tras presentarse oficialmente en Madrid, 'Me llaman Big' se dará a conocer en Casa del Libro de Valladolid a las 19.30 horas, con la presencia del periodista y escritor Juan Martín Salamanca. 

Nacido en Barquisimeto en 1967, Vegas es narrador y dramaturgo. Estudió Ingeniería Informática en la Universidad Centroccidental 'Lisandro Alvarado' de su ciudad natal, donde se graduó y empezó a trabajar en 1992, aunque en la actualidad reside en Madrid. A mediados de los 80 fundó y dirigió una agrupación teatral con la que llevaría a escena sus primeras obras de teatro. A finales de esa década y principios de los 90 publicó relatos cortos en periódicos y revistas literarias.

En 1994 se trasladó a Caracas, mientras que en 2003 abandonó la informática y retomó su carrera literaria. Como narrador ha obtenido premios y reconocimientos -entre ellos el Premio Municipal de Literatura 2007 de la capital venezolana por su libro de relatos 'Mensajes en la pared'- y algunos de sus relatos forman parte de antologías publicadas en España y su país natal. Sus piezas de teatro han sido representadas en Argentina, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Estados Unidos, España, Guatemala, México, Perú, Uruguay y Venezuela. 

Ha publicado, entre otros títulos, 'Infortunio de los objetos' (1991), 'Mensajes en la pared' (2006), 'La naturaleza de las cosas' (2018), 'La edad del rock and roll' (2015), 'Pieza para dos actores' (2005), 'Cuando seamos grandes' (2006) y 'Una sensación vital' (2016).

viernes, 11 de enero de 2019

'El mar de Is'

El Instituto Cultural Latinoamericano, con sede en Argentina, ha reconocido a la escritora mexicana afincada en España Cecilia González Reza con una mención de honor en la 64 edición de su Concurso Internacional de Poesía y Narrativa, en la categoría de Narrativa, por su relato 'El mar de Is', el cual ha pasado de este modo a la final en la que se determinará el ganador del certamen.

Según ha comunicado la organización del certamen, 'El mar de Is' ha sido seleccionado de entre las 2.948 obras enviadas por los 860 participantes en el concurso.

Dicho relato formará parte de la antología 'Letras para el mundo', que cada año editan los organizadores con las obras finalistas.

viernes, 29 de junio de 2018

Ciudad de México

La Ciudad de México es escuchar Cielito Lindo mientras el organillero le da vueltas a la manivela en Madero. Es comer un elote en Coyoacán y bolearte los zapatos frente a Bellas Artes y la Alameda. Es ver cómo se pierde la trama urbana entre el smog mientras comes en el piso 41 de la Torre Latinoamericana. Es contaminación y desigualdad, inseguridad y olor a tacos de canasta. El trapo agitado de un viene viene que te ofrece estacionamiento. La Ciudad de México sigue siendo el Distrito Federal para los nostálgicos y Tenochtitlan para los muy nostálgicos. Es historia prehispánica en el Museo de Antropología y la Virgen de Guadalupe en cada esquina. Es un café bajo la lluvia de verano en el Bosque de Chapultepec y perder horas en el tránsito de Reforma. La Ciudad de México es leer Mujer Montaña y esperar el beso de Gabriel y María al pie del mástil del Zócalo cada 1 de septiembre. Es recorrer las calles del centro en busca de la tumba de Cortés, escondida en una iglesia donde no se permite hacer fotos pero sí vender objetos sagrados como en el Templo de Salomón. Es un cartel taurino en la Monumental y un fuera de juego en el Azteca. Es la rivalidad entre América y Pumas, una canción de La Quinta Estación con acento gachupín, un poema de Manuel Acuña. El viejo DF ahora se escribe CDMX. Son taxis rosas y rutas verdes. Es un apartamento con vistas al Popocatépetl y al Ajusco, un tequila en el Tenampa mientras el mariachi toca Jalisco no te rajes. Es arrugar el morro con el clamato de la michelada y perder la cabeza por unos chilaquiles. Es el grito de rebeldía silenciado en Tlatelolco. Son los exiliados españoles acogidos por una tierra hermana. Es un dolor de cabeza a 2.000 metros y la venganza de Moctezuma. Una vieja laguna a merced de los terremotos. Es un libro de Juan Rulfo olvidado en un parque, son las pinturas de Frida, Rivera y Siqueiros. Una foto de Trotski en la Casa Azul. Es comentar la vida de Luis Miguel y Gloria Trevi con el taxista que te lleva a Taxqueña. Es reírse con Cantinflas y enamorarse de María Félix. La capital chilanga son las vallas electorales del viejo PRI, del joven Morena con su sangre envejecida y del extraño matrimonio entre PAN y PRD. Es cantarle a Corea en su embajada por dejarte llegar al pelotón de fusilamiento brasileño. La Ciudad de México es hacer negocios en Santa Fe, cenar en un restaurante fresa de Polanco, beber una Modelo en La Roma y lucir barba de hipster en La Condesa. Es tomarse un moca achocolatado en Punta del Cielo y un espresso en Cielito Querido. Es el caos hecho urbe. Ciudad de México es extrañarla incluso antes de dejarla.

martes, 12 de junio de 2018

Biblioteca de Verano 2018

Un verano más, fieles a su cita, Dioni Arroyo y Juan Martín Salamanca han acudido con su Biblioteca de Verano, la sección literaria del programa Hoy por Hoy de Radio Valladolid de la Cadena Ser, donde cada semana han planteado dos interesantes propuestas literarias.
Escucha aquí todos los programas.

10/7/2018 ‘Lolita’, de Vladimir Nabokov, y ‘Al principio fue el fin’, de Adriana Georgescu (a partir del minuto 47)

17/7/2018 'Hollywood', de Charles Bukowski, y 'El abrevadero de los dinosaurios', de Daína Chaviano (a partir del minuto 45)

24/7/2018 'Quizá nos lleve el viento al infinito', de Gonzalo Torrente Ballester, y 'La Sinrazón', de Rosa Chacel (a partir del minuto 47)

31/7/2018 'El Napoleón de Notting Hill', de Chesterton, y 'La verdad sobre el caso Harry Quebert', de Jöel Dicker (a partir del minuto 47)

7/8/2018 'Lágrimas en la lluvia', de Rosa Montero, y 'Bahía de Sal', de Gabriela Guerra Rey (a partir del minuto 66)

14/8/2018 'Veronika decide morir', de Paulo Coelho, y 'Pompeya', de Robert Harris (a partir del minuto 46)

21/8/2018 '2001. Una odisea del espacio', de A.C. Clarke, y 'Cien años de soledad', de Gabriel García Márquez (a partir del minuto 46)

28/8/2018 'Un saco de huesos', de Stephen King, y 'Como agua para chocolate', de Laura Esquivel (a partir del minuto 46)

domingo, 20 de mayo de 2018

Memoria de un carretero

Imagen: Cruz Catalina. El Norte de Castilla
No se llaman estas líneas ‘Memoria de un carretero’ porque sean la semblanza de un carretero, al menos no sólo por eso, ni siquiera principalmente por eso. Se llaman así porque de entre las muchas virtudes de mi abuelo —como todo el mundo tuvo defectos y nada más lejos de mi intención que caer en esa costumbre tan odiosa de santificar a los que mueren por el mero hecho de morirse—, yo me quedo con su memoria.

Mi abuelo se ha ido a los noventa y nueve años, lo que equivale a decir que vivió un siglo. Es cierto que en estos días mucha gente ha recordado lo cerca que se ha quedado de la centena, como si eso añadiera tragedia a la pérdida en sí, lo cual me recuerda aquella anécdota que una vez escuché al periodista y escritor Juan Tallón acerca de la madre de Jorge Luis Borges, quien falleció también a los noventa y nueve. Cuentan que durante el funeral, una mujer lamentó ante su hijo la no consecución del siglo, a lo que el célebre autor argentino respondió: “No sabía, señora, que fuera tan devota de los números decimales”. Cierto o no, concluiremos, si me lo permiten, que mi abuelo vivió un siglo.

Una vida tan dilatada te convierte en fedatario de muchos epígrafes del libro de Historia. Mi abuelo nació el año en que medio mundo se moría de gripe y el otro medio tenía la desfachatez de llamarle gripe española como si no tuviéramos ya los españoles bastantes cargos de los que defendernos en los tribunales de lo acontecido, conoció dos dictaduras y la más violenta de nuestras recurrentes guerras civiles, una Transición que ahora queremos devaluar cual festival de Eurovisión y un cambio de moneda por el que su pensión dejó de apellidarse en pesetas y pasó a hacerlo en euros. Sufrió frío y hambre destinado con la tropa en Asturias, donde robar una cabra a un pobre pastor era el pecado venial que evitaba la inanición de los soldados y donde ser espabilado con las letras le valió un puesto cerca de burócratas castrenses y lejos de las balas. No fue ése su único destino en una contienda a la que lo llamaron a unirse allá por el 38 con un sucesivo servicio militar en la postguerra. Padre de cuatro hijos y abuelo de ocho nietos, vivió lo bastante para conocer dos biznietos, uno de los cuales, por cierto, lleva su mismo nombre y sus mismos apellidos. Antes de disfrutar de esa estirpe y conocer a su gran compañera, mi abuela Águeda, hubo Alejandro Martín González de saborear las hieles de la viudedad apenas un año después de casarse por primera vez, ello tras haber perdido a un hermano que murió bien joven y un padre que dejó este mundo cuando él comenzaba a saberse adulto. Sin continuar en la escuela más allá de los trece años, tuvo tiempo de acumular una vasta cultura que lo acompañaría hasta el final de sus días.

Y entre tanto, hizo carros, muchos carros, de madera primero, metálicos y con rueda de goma después. Tirados por animales, al principio, empujados por tractores, más tarde, adaptados a los nuevos camiones, también, y ya puestos a trabajar el hierro, por qué no meterse con rejas o estufas, como bien recogería en una entrevista mi amigo Carlos Arranz Santos. Tan ligado estuvo a su taller de la calle Maragatos, el cual regentaba con su hermano Máximo bajo el nombre de Hijos de Benito Martín, que anexo a él debía velarse su cuerpo, antes de su funeral en la misma iglesia a la que lo acompañaba los domingos precedentes a mi primera comunión, cuando aún no me había alejado de esos ambientes.

Es lo que tiene vivir un siglo, que da para mucho, pero de nada sirve si, presa del paso del tiempo, la memoria se diluye entre el envejecer de la carne. Ahí apareció la memoria del carretero, la que lo siguió hasta el final, la que le permitía, en el ocaso de su vida, recordar los lemas de unos y otros durante la segunda república o repetir fragmentos de obras de Blasco Ibáñez que un día leyó en su libro de clase. Días antes de morir, fruto de ese hambre de conocimiento y ese disco duro privilegiado, y consciente asimismo de que el viaje iba llegando a destino, logró centrar su voz cansada para recitar las coplas de Jorge Manrique, a quien yo ahora recurro para decir que aunque la vida murió, nos dejó harto consuelo su memoria.

Es la mejor herencia que jamás me hubiera podido legar, su memoria, quizá no hasta el extremo de la suya, quizá no tan duradera por culpa de la facilidad de consulta que ofrecen las nuevas tecnologías, pero es mi motivo de orgullo, eso y un cabello que aguanta en su sitio durante una centuria.

Austero como buen castellano, no le faltaba su punto de terco orgullo, el que no le dejó resignarse a la silla de ruedas a pesar de arrastrar ya tantas décadas en su maltrecha cadera, obligándose a tirar de andador cada vez que tenía ocasión y ayuda de alguien. El paso del tiempo le mermó primero la vista, luego el andar y el oído. En sus últimos días se le atascaba a ratos el habla, pero no su primordial memoria.

Amigo de beber su vino en porrón y no en copa, supo cuidar de una esposa condenada a una máquina de oxígeno, la cual sacaba fuerzas a pesar de ello para preparar los macarrones con tomate a los que me convidaban siendo niño. Ojalá entonces hubiera sabido valorar y agradecer más esos momentos, tanto como ahora, cuando ya son, junto con el juego de arquitectura con el que me entretenía cada domingo en su casa, pasto de la manida memoria y alimento de la nostalgia. 

Sirvan estas líneas de postrer ósculo para quien mecánicamente me recibía con un: “da un beso a abuelo”, la frase que quizá más he recordado este fin de semana, esperando oírsela una última vez, así como con el título de aquella película argentina de Richard Harlan que repetía a quien quisiera escucharlo cuando lo visitaba en compañía de mi güera chula: “De México llegó el amor”.

De México llegó, pero sólo para sumarse al que desde hacía treinta años me profesaba, y desde hace noventa y nueve a todos los que lo rodearon, mi abuelo, Alejando ‘el carretero’.

Descanse en paz.