domingo, 3 de marzo de 2013

Viernes 8, en Valladolid

Este viernes, 8 de marzo, 'En busca del hogar' volverá a su ciudad natal para participar en una presentación muy especial en la que la poesía robará protagonismo a la prosa. La novela se presentará a las 20.00 horas en Librería A Pie de Página (calle Librería, 13).

En ella estará presente el flamante ganador del V Premio de Éride Ediciones, Dioni Arroyo, así como el poeta Roberto Ruiz Antúnez, que amenizará el acto con alguna de sus composiciones.

Un buena oportunidad para conocer 'En busca del hogar' en un ambiente diferente. No os lo perdáis.

La penitencia del capitán Turk

Foto: Jesús Martín Sastre
Quizá los lectores recuerden al inquisidor Pedro Antonio Diéguez Varela, nombre maldito en la mente de Marcial de San Pablo, al que empujó como ninguno hacia las garras de la piratería, convirtiéndose así en el capitán Turk. Aquel religioso de ficción, abulense de pro, fue víctima de una brutal venganza en Granada. Y para hacer penitencia, más en esta época de Cuaresma, el capitán Turk hubo de remontar el Adaja y hacer frente a sus bajíos para presentarse en la ciudad de las murallas, la patria chica de fray Pedro Antonio.

Nada más lejos de la realidad, la visita de 'En busca del hogar' a Ávila fue una experiencia gozosa y enriquecedora. A las añejas amistades allí presentes, se sumaron otras nuevas regaladas por ese arte de vida que es la literatura, y que fue rematado con el acogedor ambiente brindado por Librería Letras y por la amabilidad de sus regentes.

Foto: Jesús Martín Sastre
No faltó la cariñosa, aunque quizá por ello parcial, presentación del gran escritor y amigo local César Díez Serrano, que abrió las puertas de su casa a esta novela de piratas ambientada en otro tiempo, una época en la que Castilla era más de lo que es ahora, una historia que Díez Serrano reivindicó con orgullo y necesidad de que todos los castellanos la conozcan. Como decía un brillante profesor de esta materia: "La historia no sirve para nada; pero quien no sabe historia, no sabe nada".

Con la novela presentada y la penitencia cumplida, los marineros de la Biznaga pusieron rumbo a las tabernas del lugar a saciar su voraz apetito. Esta vez no hubo ron ni carne a la bucana, pero no faltaron las patatas revolconas, la alubias de El Barco, las sopas de ajo, el queso de cabra del Tiétar, ni el buen vino de la Ribera del Duero.

Gracias, Ávila, por la oportunidad de entrar en marzo así de bien.

¡Gracias, Ávila!


Foto: Jesús Martín Sastre

martes, 19 de febrero de 2013

Sábado 2, en Ávila

Superada la cuesta de enero y el siempre breve mes de febrero, 'En busca del hogar' quiere volver a estar presente en la vida cultural con una nueva gira de presentaciones que arrancarán el próximo sábado 2 de marzo en la preciosa ciudad de Ávila.

En este nuevo acto, que se celebrará a las 12.00 horas en la Librería Letras (Paseo de San Roque, 12) participará también el escritor César Díez Serrano, autor de la novela 'La Edad de Acuario', que recientemente se dio también a conocer en Valladolid.

Tras ésta, vendrán nuevas fechas que se irán desvelando a lo largo de los próximos días. De momento, es hora de visitar esa tierra de magnos escritores como don José Jiménez Lozano, al que hemos adoptado los vallisoletanos.

Nos vemos en Ávila, no faltéis.

lunes, 18 de febrero de 2013

Cuando acaba la revisión

El mes de noviembre acababa cuando le planté a mi nueva novela la mágica palabra FIN. Un torbellino de sensaciones me sacudió entonces, otro muy distinto me ha visitado esta noche, cuando, aproximadamente tres meses después, he concluido el final del proceso de revisión y corrección.

A la emoción del final, siempre se suma la inseguridad y el miedo, inseguridad y miedo que se repiten en este momento, cuando la emoción se ve desplazada por una extraña sensación de liberación. Menudo peso que me he quitado de encima. Escribir es una necesidad, y muy placentero, pero desde que allá por agosto de 2011 me embarcara en nuevas aventuras, esta vez con un joven bachiller llamado Guillermo Mercader al que todo el mundo tendrá tiempo de conocer, el parto de esta novela, que aún no ha terminado, ha ido consumiendo fuerzas hasta dejarme en un estado de agotamiento mental que sólo una buena cerveza, acompañada de El Rocanrol de los Idiotas de Sabina, podrá devolverme.

Al empezar la revisión, la experiencia hacía pensar que esta vez todo sería más reposado, sin prisa, como debía de ser. Se ha revisado hasta la saciedad, sí, pero la ansiedad por terminar y, por qué no decirlo, la prisa, han acabado por aparecer, hasta que el cruce de la meta ha recordado a esas desesperadas carreras que de niño se echan para salvarse en el escondite antes de que el malvado que la liga te capture y te devuelva al Guantánamo que, no por menos cruel, es menos temido que el real por los alevines.

Pero al fin se ha logrado, se acabó. Es un momento importante, 'En busca del hogar' ya tiene quien la suceda en las estanterías. Y sin embargo, es un momento agridulce. No hay manera de desterrar esa intranquilidad, ese gusto amargo que deja el pensar que algún error se ha escapado, que después de todo, las erratas escondidas aparecerán como colosos en el lugar más indeseable de la página, para bochorno del autor y vergüenza ajena del lector. Tal vez en algún capítulo la trama flojee tanto que exigiera un repaso, y así hasta volver loco al hacedor, que sería incapaz de terminar nunca una obra si hubiera de esperar a sentirse totalmente satisfecho con lo parido. Tendrá que ser así.

Pues que sea así. Ahora Sabina canta ahora Peor para el Sol mientras la cerveza se acaba. Comienza una nueva etapa de este largo parto. Ahora es el turno de la edición, que necesitará también nuevas revisiones. Paciencia, al final tendremos Papa.

domingo, 10 de febrero de 2013

I Congreso de la Nueva Literatura Vallisoletana

El sábado 16 de febrero tendré el honor de participar junto a figuras consagradas de las letras de mi ciudad como Gustavo Martín Garzo y Ramón García en el I Congreso de la Nueva Literatura Vallisoletana, una idea alumbrada por el inquieto Dioni Arroyo, y a la que nos hemos sumado otros aventureros de la escritura.

Este Congreso, que reunirá tanto a poetas como a prosistas, tendrá lugar entre las 11.00 y las 20.30 horas en el Centro Municipal José Luis Mosquera de la Huerta del Rey de Valladolid (calle Pío del Río Hortega).


El acto principal se celebrará a las 13.00 horas y en él estarán, al margen de Martín Garzo y García, la concejal de Cultura, Comercio y Turismo del Ayuntamiento de Valladolid, Mercedes Cantalapiedra, bajo la conducción de un servidor. Posteriormente, los dos padrinos de esta iniciativa participarán en un coloquio titulado 'La Nueva Literatura Vallisoletana', en el que podrá participar el público asistente.

Con carácter previo a este acto se llevará a cabo una mesa redonda que comenzará a las 11.00 horas y en la que participaré junto a los novelistas Santiago Zurita, Dioni Arroyo, David Ramiro, Ciro García, Rafael Miguel González, Mayra Estévez, Doc Pastor y Jorge David Alonso, así como junto a los poetas Amparo Paniagua, Rodrigo Garrido, Clemente de Pablos, Boris Rozas y Roberto Ruiz Antúnez. Estas intervenciones también estarán abiertas a las preguntas que el público asistente tenga a bien realizar a los protagonistas.
  
Por la tarde, los poetas citados anteriormente participarán, a partir de las 17.00 horas, en una nueva mesa en la que se analizará la poesía y el género de microrrelatos como fórmulas "en alza", una mesa moderada por el escritor Dioni Arroyo.

La narrativa actual en Valladolid y sus nuevos creadores será el hilo sobre el que versará la segunda mesa temática de la tarde, a las 18.00 horas, que será moderada por Amparo Paniagua y contará con la presencia de Jorge David Alonso, Mayra Estévez, Rafael Miguel, Ciro García, David Ramiro, Dioni Arroyo y Santiago Zurita y quien les escribe.

La sesión vespertina concluirá con un recital de poesía a cargo de Ruiz Antúnez, Garrido y Paniagua, y con una firma de ejemplares. Finalmente, a las 20.30 horas se celebrará la clausura de este I Congreso de la Nueva Literatura Vallisoletana, de manos de Dioni Arroyo.

domingo, 3 de febrero de 2013

La Estación

Foto: photocase.es

Santiago se encendió otro cigarrillo.

Hacía tiempo que no estaba tan nervioso. Parecía que aquel maldito tren no iba a llegar nunca. Mientras guardaba de nuevo la cajetilla de Ducados en el bolso de su cazadora, observó el horizonte, negro más allá de esa aséptica luz blanca fluorescente que iluminaba el andén. La niebla estaba bajando a un ritmo acelerado y apenas se podían ver, a lo lejos, los semáforos que, como tímidos candiles, rompían el tenebrismo de las vías que se extendían hacia el sur. En la otra dirección, la ciudad se dibujaba difusa, en un tono anaranjado por culpa de las farolas de vapor de sodio que abutanaban el cielo nocturno.

Eran las diez, ya pasadas. A parte de hacer un frío de mil demonios y de no ver más allá de cinco pasos por culpa de la niebla, la estación estaba casi vacía, lo que le daba un aire aún más misterioso e inquietante. Sólo un viejo vagabundo con pinta de loco permanecía sentado en un banco del andén principal y un segurata caminaba distraído en espera de una noche sin sobresaltos y aburrida.

El entorno no podía ser más apacible. Con la suave y tranquila melodía del hilo musical como fondo, sin el barullo que acostumbraba la estación y con una protectora niebla que aislaba aquel anden de las siluetas de amenazantes rascacielos de fondo, aquello parecía un refugio contra el estrés de la ciudad. Pero nadie podía estar más estresado en ese momento que Santiago, que volvió a echar mano de la cajetilla para coger otro pitillo.

Dio una calada, dos, tres, cuatro. El Ducados se consumía a una velocidad mareante. Santiago no le daba tregua. Estaba impaciente por subir a ese tren y largarse de una vez. Se sentía incómodo, aquella ropa, el afeitado, el corte de pelo…Todo impuesto. Al menos, en Madrid le esperaría una vida mejor. Pensando en ello, agotó su enésimo cigarrillo. Quiso coger otro más, pero ya no le quedaban. En ese momento se oyó el silbato del tren.

El convoy se detuvo entre chirridos de metal y escapes de aire del sistema de frenado. De la puerta bajó el revisor, que debía controlar que el tren no reanudara la marcha hasta que todo el mundo hubiera bajado o subido. Esta vez no le iba a llevar mucho, pero así aprovecharía para echar un pito. Él también era fumador.

Santiago vio la oportunidad de pedirle un cigarro y fumárselo como despedida, antes del largo viaje. El funcionario accedió a compartir uno de sus Fortuna y ambos comenzaron a conversar mientras apuraban el tabaco. En ese momento la puerta que daba al vestíbulo de la estación se abrió y por ella salieron tres tipos con muy malas pulgas. Los dos primeros llevaban pantalones vaqueros, jersey de lana bajo un abrigo de plumas y capucha. El de en medio, pantalones de pana, camisa, americana desgastada y gabardina, con unas ridículas gafas de sol a pesar de la noche cerrada que había.

-Hola, Lagarto-. Saludaron a un aterrado Santiago.

El Lagarto reconoció enseguida al Viejo y a los suyos. Cómo se iba a privar el jefe del clan de participar en aquello. Su instinto no le había fallado. Sabía que acudiría, cegado por los deseos de venganza. Se trataba de la banda que le había robado el control de la ciudad y lo había obligado a huir a Madrid, aunque parecía que no pensaba darle oportunidad de marcharse. Demasiado rencor. En cuanto lo vieron con su peinado relamido y su sempiterna chupa de cuero, que casi parecía la escamosa piel de un verdadero reptil, no dudaron quién era y sacaron sus armas.

Santiago trató de decirles algo, pareciera que quisiese señalar al mendigo que observaba la escena desde su banco, pero no le dio tiempo. Una lluvia de plomo comenzó a caer sobre él con violencia. En un acto reflejo, el revisor que compartía tabaco junto a él se agachó y, al comprobar que milagrosamente no había sido alcanzado por las balas, bendijo la puntería de aquellos asesinos y se metió corriendo en el tren, dando gracias por poder abrazar a sus hijos una noche más.

El guardia de seguridad, sobrecogido por lo que estaba viendo, reaccionó al fin y cogió su pistola. Nunca la había tenido que usar más allá del entrenamiento. Su trabajo era bastante tranquilo. Se limitaba a tener a raya a los carteristas y resolver las dudas de los viejecitos que llegaban de nuevas a la ciudad. Era el primer tiroteo con el que se encontraba.

Como un héroe, se cuadró delante de los agresores. El revólver firmemente sujeto con las dos manos. Las piernas flexionadas para afinar la puntería.

-¡Alto!

Fue lo último que dijo. El matón más próximo a su posición se volvió, olvidando por un momento al desdichado Santiago, y le acertó en medio del estómago. El proyectil perforó las tripas del guarda, que cayó al suelo retorciéndose de dolor, esperando una muerte que se prometía lenta y angustiosa.

Foto: Azteca Noticias
Los cargadores de las pistolas dijeron basta. Sobre el suelo del andén, a los pies del vagón número cinco, Santiago yacía en medio de un charco de sangre sobre el que descansaba una infinidad de casquillos de bala. Sus ojos permanecían abiertos y su expresión parecía querer decir: “Con lo cerca que he estado. ¿Por qué?”.

Satisfechos con su obra, los tres individuos guardaron sus armas y se dispusieron a salir de la estación. El mendigo ya no estaba en su banquillo.

Atravesaron el vestíbulo a paso ligero y salieron precipitadamente al aparcamiento. Debían largarse de allí antes de que se presentara un regimiento de policías. Localizaron enseguida el coche, un Ford Mondeo negro, montaron y arrancaron para salir de una vez.

Boom.

Aquel turismo se convirtió en una enorme bola de fuego antes siquiera de que su conductor pudiera meter la marcha atrás. Dentro, sus tres ocupantes, entre ellos el Viejo, agonizaban mientras sus cuerpos tornaban una masa carbonizada.

Desde la distancia, oculto tras una cabina, el mendigo sonreía con malicia mientras guardaba en el bolso de su zamarro el mando a distancia con el que había accionado la bomba que, instantes antes, en tanto los tres tipos acribillaban a Santiago, había colocado en su coche.

Se alejó discretamente del lugar, auxiliado por la intensa niebla, mientras no dejaban de llegar ambulancias y coches patrulla. Había tenido una idea sensacional. Sabía que darían con él antes de que pudiera salir de la ciudad, y que seguramente el Viejo iría en persona para darse el gusto de matarlo. Habían caído en su trampa. Esa misma tarde, había cogido a un pobre diablo de los que se pudren a diario en cualquier parte con una jeringuilla, lo había bañado, afeitado, peinado y vestido como él, y le había dado 50.000 euros para que se cogiera un tren concreto que lo llevaría a Madrid. Sonaba a un buen trato, y el hombre aceptó, sorprendido por su parecido con aquel tipo. Ahora, el forense examinaba su cadáver en busca de alguna pista.

El mendigo también se encendió un cigarro, en este caso de Marlboro. Era lo único que lo diferenciaba de su difunto señuelo. No sólo había escapado de la muerte, sino que con su estratagema se había convertido en el nuevo dueño de la ciudad, sin viejos jodiéndole. Satisfecho por un buen trabajo, se puso rumbo al hogar, donde se quitaría esas apestosas ropas, se daría un buen baño, se follaría a cualquiera de las putas que tenía a su disposición y disfrutaría del lujo de que el Lagarto fuera a vivir un día más. 


Foto: latrola.net

domingo, 13 de enero de 2013

El Salón de Recreo

Foto: tendenciashombres.com

Al pequeño Charlie, la sisa de su chaqueta no dejaba de tirarle. Puede que estuviera mal confeccionada, o que simplemente fueran los nervios. Al final de la calle, veía los nuevos automóviles aparcados a la puerta del Salón de Recreo, en cuyo jardincito de entrada no cabía una levita ni un bombín más, desbordado ya el porche victoriano de aquel edificio donde se reunían las clases altas para su esparcimiento. Desde hacía días, los periódicos, incluidos los de la lejana Londres, no hablaban de otra cosa, la magnífica soprano Chiara Prandelli actuaría en la ciudad. Sin embargo, no sería en el Teatro de San Jorge, donde cualquier obrero con gustos refinados podría sacrificar cinco chelines para disfrutar de la sublime voz de la veneciana desde el gallinero, sino en el Salón de Recreo, para que ningún potentado de la comarca tuviera que soportar el aspecto y, por qué no decirlo, el olor de la clase obrera.

La idea provenía del señor Brown, propietario de la fábrica de arados y cosechadoras, que había convencido al resto de socios del Salón para costear entre todos la actuación y poder disfrutar de ella a solas, reforzando el prestigio elitista de la institución, a la que cualquier pasante, galeno o chupatintas aspiraba a unirse. Para su desgracia, uno de sus empleados, Thomas Wheeler, amante donde los hubiera de la música, había ideado un plan para colarse junto a su hijo, cuyo cumpleaños se celebraría pronto y al que quería agasajar con un recital que sería recordado largo tiempo en la ciudad.

Thomas había empleado los cinco chelines que hubiera costado la entrada en la platea de un teatro, más algún otro, en comprarse un soberbio traje con levita incluida. Estaba seguro de que si entraba con atuendo elegante y el aire señorial en medio de aquel mar de bombines y chisteras, nadie repararía en él, ni en que no era miembro del Salón de Recreo, y lo dejarían pasar hasta el auditorio.

Estaba tan metido en su papel que ni vaciló. Condescendiente, atravesó junto a su retoño el jardín que daba a la amplia acera de granito, cruzó el porche victoriano y pasó triunfante al recibidor, donde eligió al sirviente menos espabilado para darle su sombrero, a fin de que no pudiera saber si el tipo con el que trataba era socio o no. Tomó las escaleras y subió hasta la última planta siguiendo al resto de espectadores, que se apresuraba a tomar asiento. Quien sí estaba nervioso era el pequeño Charlie, con aquel pantalón corto de algodón, la chaqueta de los domingos y la camisa recién almidonada. Nadie creería que el hijo de un rico tratante de Wellesley Avenue pudiera vestir de forma tan humilde, pero todos dieron por sentado que sería algún mozo a su servicio, de esos que cumplían fielmente cualquier mandado a cambio de un triste penique.

Como era el recadero, no lo dejaron entrar. Esperó un tiempo en la puerta de la sala, ante la atenta mirada de un estirado ujier de bigote almizclado y calva reluciente, pulcro uniforme y guantes blancos de sirviente, impecables. Tras un rato, Charlie siguió con el plan de su padre.

-Soy el criado del señor Bonahugh-. Ésa era la falsa identidad de su padre -Tengo que transmitirle un mensaje.

El severo hombre aceptó y le franqueó el paso. Charlie corrió a sentarse junto a su padre, feliz. Se agarraba fuerte a su brazo, orgulloso de él. Lo había llevado a ver la ópera, como si fueran ricos. En su barrio no se lo iban a creer cuando lo contara.

Entonces, sintió cómo alguien lo agarraba de las orejas y lo sacaba de la sala.

-Ya sabía yo que no eras de fiar, truhán-. Le reprochaba el mayordomo estirado, que lo condujo fuera de la sala, donde lo esperaba el vigilante del Salón.

Foto: haciendofotos.com
Temiendo la azotaina que iba a recibir, y sin esperar a su padre, que ya había renunciado al espectáculo y corría a auxiliarlo, propinó al guarda un recio puntapié en la entrepierna, se soltó y corrió como alma que lleva el diablo escaleras abajo. Varios empleados y socios trataron de agarrarlo, e incluso le bloquearon la salida a la calle, pero él se metió en uno de los saloncitos que daban al exterior, chocando con más de un camarero cuya bandeja salió volando y esparció por el orbe del club canapés de todas clases, desde caviar ruso hasta huevos de codorniz con foie francés. Era verano, hacía calor, y la ventana estaba abierta. Saltó de una enorme zancada, de esas que saben a libertad peleada, sobrevoló el seto y aterrizó en el húmedo césped que se extendía frente al porche. Y así, ante los estupefactos rostros de flemáticos caballeros británicos de provincia, se alejó calle arriba, a toda velocidad.

Medio siglo después, la crisis se había llevado por delante las fábricas y, con ellas, el esplendor de la ciudad. Los adinerados que quedaban habían abandonado Gil's Yard y se habían mudado al extrarradio, a ficticias urbanizaciones donde ningún ser terrenal osaba adentrarse a molestar. Aquel antiguo barrio de elegantes casas victorianas, residuo de tiempos gloriosos, se dolía bajo la lluvia de otoño y allí, guarecido sólo por el viejo bombín de su padre, el famoso tenor Charles Wheeler observaba, apoyado en el capó de su coche, la descompuesta fachada y el tejado hundido del Salón de Recreo del que hubo de huir una tarde de verano, el mismo día en que, casi al final de la representación, un fallo de la recién instalada luz eléctrica provocó un incendio que arrasó el edificio y se llevó por delante la vida de los más insignes industriales del condado.



Foto: ernestochangai.blogspot.com