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domingo, 3 de febrero de 2013

La Estación

Foto: photocase.es

Santiago se encendió otro cigarrillo.

Hacía tiempo que no estaba tan nervioso. Parecía que aquel maldito tren no iba a llegar nunca. Mientras guardaba de nuevo la cajetilla de Ducados en el bolso de su cazadora, observó el horizonte, negro más allá de esa aséptica luz blanca fluorescente que iluminaba el andén. La niebla estaba bajando a un ritmo acelerado y apenas se podían ver, a lo lejos, los semáforos que, como tímidos candiles, rompían el tenebrismo de las vías que se extendían hacia el sur. En la otra dirección, la ciudad se dibujaba difusa, en un tono anaranjado por culpa de las farolas de vapor de sodio que abutanaban el cielo nocturno.

Eran las diez, ya pasadas. A parte de hacer un frío de mil demonios y de no ver más allá de cinco pasos por culpa de la niebla, la estación estaba casi vacía, lo que le daba un aire aún más misterioso e inquietante. Sólo un viejo vagabundo con pinta de loco permanecía sentado en un banco del andén principal y un segurata caminaba distraído en espera de una noche sin sobresaltos y aburrida.

El entorno no podía ser más apacible. Con la suave y tranquila melodía del hilo musical como fondo, sin el barullo que acostumbraba la estación y con una protectora niebla que aislaba aquel anden de las siluetas de amenazantes rascacielos de fondo, aquello parecía un refugio contra el estrés de la ciudad. Pero nadie podía estar más estresado en ese momento que Santiago, que volvió a echar mano de la cajetilla para coger otro pitillo.

Dio una calada, dos, tres, cuatro. El Ducados se consumía a una velocidad mareante. Santiago no le daba tregua. Estaba impaciente por subir a ese tren y largarse de una vez. Se sentía incómodo, aquella ropa, el afeitado, el corte de pelo…Todo impuesto. Al menos, en Madrid le esperaría una vida mejor. Pensando en ello, agotó su enésimo cigarrillo. Quiso coger otro más, pero ya no le quedaban. En ese momento se oyó el silbato del tren.

El convoy se detuvo entre chirridos de metal y escapes de aire del sistema de frenado. De la puerta bajó el revisor, que debía controlar que el tren no reanudara la marcha hasta que todo el mundo hubiera bajado o subido. Esta vez no le iba a llevar mucho, pero así aprovecharía para echar un pito. Él también era fumador.

Santiago vio la oportunidad de pedirle un cigarro y fumárselo como despedida, antes del largo viaje. El funcionario accedió a compartir uno de sus Fortuna y ambos comenzaron a conversar mientras apuraban el tabaco. En ese momento la puerta que daba al vestíbulo de la estación se abrió y por ella salieron tres tipos con muy malas pulgas. Los dos primeros llevaban pantalones vaqueros, jersey de lana bajo un abrigo de plumas y capucha. El de en medio, pantalones de pana, camisa, americana desgastada y gabardina, con unas ridículas gafas de sol a pesar de la noche cerrada que había.

-Hola, Lagarto-. Saludaron a un aterrado Santiago.

El Lagarto reconoció enseguida al Viejo y a los suyos. Cómo se iba a privar el jefe del clan de participar en aquello. Su instinto no le había fallado. Sabía que acudiría, cegado por los deseos de venganza. Se trataba de la banda que le había robado el control de la ciudad y lo había obligado a huir a Madrid, aunque parecía que no pensaba darle oportunidad de marcharse. Demasiado rencor. En cuanto lo vieron con su peinado relamido y su sempiterna chupa de cuero, que casi parecía la escamosa piel de un verdadero reptil, no dudaron quién era y sacaron sus armas.

Santiago trató de decirles algo, pareciera que quisiese señalar al mendigo que observaba la escena desde su banco, pero no le dio tiempo. Una lluvia de plomo comenzó a caer sobre él con violencia. En un acto reflejo, el revisor que compartía tabaco junto a él se agachó y, al comprobar que milagrosamente no había sido alcanzado por las balas, bendijo la puntería de aquellos asesinos y se metió corriendo en el tren, dando gracias por poder abrazar a sus hijos una noche más.

El guardia de seguridad, sobrecogido por lo que estaba viendo, reaccionó al fin y cogió su pistola. Nunca la había tenido que usar más allá del entrenamiento. Su trabajo era bastante tranquilo. Se limitaba a tener a raya a los carteristas y resolver las dudas de los viejecitos que llegaban de nuevas a la ciudad. Era el primer tiroteo con el que se encontraba.

Como un héroe, se cuadró delante de los agresores. El revólver firmemente sujeto con las dos manos. Las piernas flexionadas para afinar la puntería.

-¡Alto!

Fue lo último que dijo. El matón más próximo a su posición se volvió, olvidando por un momento al desdichado Santiago, y le acertó en medio del estómago. El proyectil perforó las tripas del guarda, que cayó al suelo retorciéndose de dolor, esperando una muerte que se prometía lenta y angustiosa.

Foto: Azteca Noticias
Los cargadores de las pistolas dijeron basta. Sobre el suelo del andén, a los pies del vagón número cinco, Santiago yacía en medio de un charco de sangre sobre el que descansaba una infinidad de casquillos de bala. Sus ojos permanecían abiertos y su expresión parecía querer decir: “Con lo cerca que he estado. ¿Por qué?”.

Satisfechos con su obra, los tres individuos guardaron sus armas y se dispusieron a salir de la estación. El mendigo ya no estaba en su banquillo.

Atravesaron el vestíbulo a paso ligero y salieron precipitadamente al aparcamiento. Debían largarse de allí antes de que se presentara un regimiento de policías. Localizaron enseguida el coche, un Ford Mondeo negro, montaron y arrancaron para salir de una vez.

Boom.

Aquel turismo se convirtió en una enorme bola de fuego antes siquiera de que su conductor pudiera meter la marcha atrás. Dentro, sus tres ocupantes, entre ellos el Viejo, agonizaban mientras sus cuerpos tornaban una masa carbonizada.

Desde la distancia, oculto tras una cabina, el mendigo sonreía con malicia mientras guardaba en el bolso de su zamarro el mando a distancia con el que había accionado la bomba que, instantes antes, en tanto los tres tipos acribillaban a Santiago, había colocado en su coche.

Se alejó discretamente del lugar, auxiliado por la intensa niebla, mientras no dejaban de llegar ambulancias y coches patrulla. Había tenido una idea sensacional. Sabía que darían con él antes de que pudiera salir de la ciudad, y que seguramente el Viejo iría en persona para darse el gusto de matarlo. Habían caído en su trampa. Esa misma tarde, había cogido a un pobre diablo de los que se pudren a diario en cualquier parte con una jeringuilla, lo había bañado, afeitado, peinado y vestido como él, y le había dado 50.000 euros para que se cogiera un tren concreto que lo llevaría a Madrid. Sonaba a un buen trato, y el hombre aceptó, sorprendido por su parecido con aquel tipo. Ahora, el forense examinaba su cadáver en busca de alguna pista.

El mendigo también se encendió un cigarro, en este caso de Marlboro. Era lo único que lo diferenciaba de su difunto señuelo. No sólo había escapado de la muerte, sino que con su estratagema se había convertido en el nuevo dueño de la ciudad, sin viejos jodiéndole. Satisfecho por un buen trabajo, se puso rumbo al hogar, donde se quitaría esas apestosas ropas, se daría un buen baño, se follaría a cualquiera de las putas que tenía a su disposición y disfrutaría del lujo de que el Lagarto fuera a vivir un día más. 


Foto: latrola.net

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