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lunes, 12 de marzo de 2012

¿Prisión o Paraíso?

Siento una cálida sensación en mi nuca, como si alguien me soplara dulcemente. Quizá la noche se haya portado mejor de lo que recuerdo y ahora mismo tenga en mi cama a la mujer de mis sueños. Abro los ojos. Sí debía ser la de mis sueños, porque junto a mí no hay nadie, salvo la suave brisa del mar que entra por mi ventana, mece los visillos de basto encaje y me acaricia la espalda sudorosa. Echo mano a la mesilla y cojo un vaso de chupito. Está vacío. Paso directamente al manantial, la botella de Arehucas que siempre me acompaña y que anoche dejé a la mitad. Pienso en tomar un trago, pero sólo planteármelo me produce náuseas. Creo que ayer me pasé, quizá por eso tengo la boca tan pastosa.

Me incorporo, cojo valor y me levanto. Avanzo hasta la cocina. Voy descalzo, siempre lo hago, por eso mis pies se han vuelto ásperos y negros. Abro la nevera y busco algo para desayunar. Sólo una lata de Mahou parece estar dispuesta a compartir mi mañana. Salgo con ella a la calle. No he necesitado abrir la puerta. Mi puerta siempre está abierta, sólo una cortina de tiras de plástico protege la intimidad de mi hábitat. La aparto, escupo el mal sabor que me dejó la noche y parto calle abajo. Atrás dejo mi casa, con su fachada encalada que contrasta con el oscuro azul de los marcos de puertas y ventanas. Me voy sin cerrar. Es un pueblo tranquilo, es una isla tranquila, todos nos conocemos y sé que nadie va a entrar a robar. No hay mucho que llevarse.

Camino descalzo, por suerte las calles aquí son de arena. No me he peinado, y mi barba refleja varios días de descuido. No me importa mucho mi aspecto, pero imagino que será deplorable: desaliñado, con las mismas bermudas y la misma camiseta desfasada de los Heat que utilicé para dormir. He llegado a la Avenida de la Virgen del Mar, un modesto bulevar terrero que sólo se diferencia del resto de rúas por recorrer todo el litoral del pueblo. El cruce de ésta con la mía, la calle del Cabo, está casi al final del casco urbano. Unos metros más al sur arranca un malecón que cierra el puerto de la Caleta. Desde ahí observo el centro de la localidad, a lo lejos, con sus dársenas y restaurantes para turistas. Yo tiro en dirección contraria, lejos de todo.


Estoy en un playa solitaria. A mi espalda, un árido paisaje donde asoma algún arbusto y, más allá, un desvencijado cráter recuerda lo que un día fue un fogoso volcán. De frente veo El Río, un brazo de mar frecuentado por kitesurfistas que me separa del abrupto cortado de Haría, al otro lado, en otra isla. Hoy no hace mucho viento y no han venido con sus tablas y cometas, así que estoy solo, sentado sobre la arena, contemplando el agua cristalina mientras apuro mi cerveza. A lo lejos aparece Eva, como si realmente se tratase de la primera mujer sobre la tierra y aquello fuera el jardín del Edén. Viene acompañada de Urso, su perro, un pastor alemán juguetón y cariñoso. Eva acaba de darse un baño y su bikini, aún mojado, ha empapado su camiseta de algodón a la altura de sus sugerentes pechos. No puedo evitar imaginármela sin esa camiseta y sin esa falda larga y vaporosa, y por supuesto, sin ese bikini. Me levanto del suelo como un resorte y corro a saludarla. Le doy un beso en la mejilla que me sabe salado. Me pasaría el día paladeándola. Lástima que sea la hermana de Yeray.

Mientras se aleja en dirección al pueblo, con su lisa melena castaña sacudida por la brisa, se cruza con un viejo Land Rover blanco que viene a buscarme. Casi sin esperar a que frene, del puesto de copiloto baja un muchacho de unos 19 años, de esos que parten la pana, pelo rapado, tipín, vaqueros ajustados, camiseta marcona y, como si fuera un antifaz, exageradas gafas Carrera que tratan de distraer la atención sobre su prominente nariz de italiano. Se trata de mi primo Lorenzo, quien ayuda en la trattoria a su padre, el cual rondará los cincuenta, y que es quien conduce el todoterreno. Mi tío Gianni también luce gafas de sol, aunque más discretas, y viste como si fuera un explorador de la jungla, con pantalón corto de algodón caqui y una camisa guayabera de lino beis. Su pragmatismo en el vestir contrasta con el peso en oro que soporta en forma de cadenas, reloj y anillos.

Mi tío me abronca por tener que venir siempre a buscarme con el jaleo que tiene en la taberna. Mi primo lo sigue, me da una colleja y a continuación dos besos, ¡la familia! Me conducen hasta el coche y me suben al asiento de atrás. Allí está también Felipe, mi compañero de trabajo, con barba rubia poco poblada y un sempiterno y desgastado gorro de lana que no se quitará aunque estemos a dos pasos del Trópico. Deduzco que han estado antes en mi casa porque traen consigo mi guitarra. Tomamos la Avenida de la Virgen del Mar hasta el puerto, donde ya empiezan a desembarcar turistas hambrientos. Es hora de montar el espectáculo.

El Gianni's lo regentan mi tío y mi primo, aunque es una cocinera local, Dori, quien prepara la comida italiana que se sirve a españoles, alemanes, ingleses, suecos, noruegos y hasta a algún compatriota de los Apeninos. Dori se encarga de que en el menú haya también platos típicos insulares, sobre todo pescados, y no permite que la salsa de tomate o el pesto dejen sin sitio a los mojos picón y verde a la hora de regar las papas y los frutti di mare. Mientras ellos trajinan y los turistas engullen, Felipe y yo hacemos más ameno el sopor de la isla al son de mi guitarra y su trompeta. Siempre he pensado que tenía talento, que podría haber llegado a estar en algún grupo allá en Reggio de no haberme metido en tantos líos. Aquí soy un mantenido de mi tío. Me paga por la birria de trabajo que realizo y me permite vivir en una de sus casas, de las tantas que tiene en alquiler por toda la Caleta. Con eso y con el restaurante puede vivir o, mejor dicho, justificar una serie de ingresos un tanto complicados. Por mi parte, con esto, añadido a las propinas que les saco a los tudescos borrachos, voy tirando entre arena y volcanes.

Mientras le tocamos 'Y nos dieron las diez' de Sabina a un inglés pasado de tinto con Casera, observo la terraza con el mar al fondo y me pregunto cómo aquel lugar que a tantos europeos atrae se ha podido convertir en una prisión para mí, una graciosa cárcel de la que no puedo escapar.


El sol ya se está poniendo cuando regreso a casa, caminando tranquilo con mi guitarra a cuestas. La mayoría de turistas ha tomado el ferry de vuelta a Órzola, y los que hagan noche en la isla tendrán que entretenerse sólo con Felipe, que necesita pasta y tiene que echar horas extra. Yo estoy harto de divertir guiris, así que me vuelvo a mi hogar a descansar lo que me queda de día, con una birrita y un poco de televisión. Tengo la antena rota y sólo cojo La 1. Mientras me restriegan lo bien que se lo han montado algunos españoles perdidos por el mundo, me entra hambre y decido ir al frigo en busca de alguna latilla. Por culpa de la resaca, apenas probé a mediodía la sabrosa vieja que me preparó Dori en el Gianni's, maridada con el malvasía que mi tío, amante del vino, comparte siempre conmigo, pues su hijo sólo sabe de Martini y limoncello. Mi estómago ruge. En tanto ataco un mejillón con un palillo de madera, por eso de no tener que fregar luego el tenedor, oigo el ruido de un helicóptero que se acerca. Me asomo a la ventana y leo en su panza verde que se trata de un aparato de la Guardia Civil. Aterrorizado, dejo los mejillones y la cerveza encima de la tele y salgo corriendo antes de que me atrapen.

El corto recorrido que separa mi casa de la mi compadre Yeray, en la calle de la Crujía, se me hace eterno. Decidimos que lo más prudente es que permanezca escondido en su casa esa noche. Para que me tranquilice, prepara unos petas y dejamos que los problemas se eleven hacia el techo con el humo. Una hora después aparece Eva, la hermana de Yeray, que viene de cerrar el bar donde trabaja de camarera. El último trago se lo ha servido a un empleado del helipuerto que le ha confirmado que el pájaro de los picoletos sólo buscaba un cayuco perdido, pero que había tenido que hacer una escala en la isla por un problema técnico y que ya se había marchado. Aquello me alivia. Para celebrarlo, Eva decide preparar unos mojitos con los que acompañar los porros mientras los tres nos echamos unas risas a costa de mi cobardía.

A medianoche, alguien llama a la puerta.

De nuevo siento pánico, pero las piernas me dejan de temblar al comprobar que es Felipe y no un agente. Una vez más ha vuelto a violar la intimidad de mi hogar, y trae consigo la media botella de ron que dejé en mi mesilla. La noche se pone interesante. Media hora más tarde llega Lorenzo para completar el grupo. Somos una panda de desgraciados que no hace mucho con su vida, pero al menos eso nos va a permitir divertirnos sin prisa hasta altas horas de la madrugada. El ambiente se carga y decido salir a tomar un poco de aire fresco. Vuelvo a mirar el paisaje de la Caleta, feliz. Unas copas, unos canutos, amigos y una noche más entre la gente libre.

Es curioso, pero ya no me parece tan horrible tener que esconderme en este minúsculo islote del Atlántico.

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